Meditaciones

En esta página encontrarás reflexiones para meditar a la luz del Espíritu Santo. Cada una es un talento que Dios te da. No lo entierres con desinterés, hazlo tuyo según te inspire la gracia e inviértelo en bien de los hombres para gloria de Dios.


 
 

Del Viernes a las 3 PM al Domingo de madrugada, el mundo entero se refugia en el Corazón de María. No hay Mesías prometido, ni Mesías vivo, ni Mesías resucitado. Sólo podemos esperar junto a María, asustados por lo que hemos hecho con Él, y preguntándonos qué haremos por Él.

 

El perdón es el mejor fruto del amor. Amargo por fuera pero dulcísimo por dentro.

El perdón derriba los muros del odio, cierra las heridas del dolor, desarma el trono de la soberbia, ilumina la oscuridad del prejuicio.

El perdón convierte a los enemigos en amigos, a los extraños en hermanos, a los esclavos en hijos, a los amos en deudores.

El perdón engrandece el corazón, sana la memoria, libera la voluntad.

El perdón abre las puertas del cielo e inscribe nuestros nombres en el corazón de Dios para siempre.

 

¿Qué debe hacer la Iglesia para ayudar a la venida del Reino de Dios?

San Pablo nos dice "El Reino de Dios no es comida, ni bebida, sino justicia y paz, y gozo en el Espíritu Santo". [Rm 14, 17]

El gozo nace de la gracia del Espíritu, y tiene su realización perfecta en la bienaventuranza eterna, en la posesión real de Dios.

Para tener alegría se necesita paz, que San Agustín define como la tranquilidad del orden. La paz interior permite tener gozo espiritual, y la paz social permite la difusión de la alegría del Reino de Dios. El orden, por su parte, nace de obrar según la voluntad de Dios, es decir, de elegir lo bueno para nosotros y para los demás - de lo justo según los planes del Altísimo. Esta elección justa es la realización verdadera de la libertad, que sólo existe cuando podemos elegir (y de hecho elegimos) el bien. En caso contrario somos esclavos del pecado y de la muerte, y vivimos en desorden y en injusticia. Ahora bien, para elegir lo que es bueno debemos conocer la verdad; por eso dice el Señor que "la verdad os hará libres" [Jn 8, 32b]. 

Esto nos lleva a la verdadera misión de la Iglesia: predicar la verdad, anunciar el Evangelio a todas las gentes. De esta manera todos podremos elegir bien (seremos libres), y por lo tanto se hará justicia, habrá orden y, fruto de este, reinará la paz. 

No somos constructores de templos ni de escuelas, ni aliviadores de enfermedad; somos predicadores, con nuestra palabra y con nuestra vida. Y si bien curar al enfermo, liberar al oprimido, dar el techo al que no lo tiene o comida al hambriento pueden ayudar a que la verdad se reciba como es debido, nunca debemos perder de vista la misión a la que hemos sido llamados: a predicar el Evangelio a todas las gentes y a bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

 

“Vino Juan, que no comía ni bebía, y dijeron: 'tiene un demonio'. Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: 'mirad un hombre comilón y bebedor'” [Mt 11, 18-19]

 Padre, cuándo aprenderemos que eres un Dios razonable; creaste al mundo, le diste leyes, lo sembraste de maravillas y te recreas en él. Nos pusiste en él a nosotros, los hombres, nos diste libertad, enviaste a tu Hijo para obtener nuestra redención cuando nos habíamos vuelto contra Ti, soplas levemente tu gracia para mover nuestro corazón y así gobernar en la tierra por medio de aquellos a quienes llamas hijos tuyos.

 Pero esto no basta. Gobernar al mundo con tus leyes y guiar al hombre con tu gracia no nos sirve. Nuestro dios debería librarnos de todo mal, del mal que nosotros sembramos, cuidamos, cosechamos y repartimos. Un Dios que espera nuestra colaboración para implantar un reino de felicidad no es tal Dios. Exigimos nuestra libertad a otros hombres y luchamos por ella con afán, pero esperamos de nuestro dios no la tenga en cuenta para evitar el dolor que nos ganamos a pulso al ejercerla torpemente.

 Nuestro dios debería utilizar milagros para curar a los enfermos, liberar a los cautivos, traer la paz al mundo, incluso erradicar la muerte; eso sería un dios fuerte, formidable y creíble – un dios visible. Ahora bien, si los creyentes utilizan la palabra milagro para designar el misterio de la Eucaristía, el soplo del Espíritu o alguna acción sobrenatural que por nuestro bien realizas, entonces les tachamos de locos, de anticientíficos, de fundamentalistas. Esperamos milagros pero no los toleramos en un mundo razonable.

 Así de estúpidos somos, Señor. Hacemos incompatibles la razón y la fe, y luego nos refugiamos en la razón asustados por las exigencias de la fe. Te anhelamos porque nos das la vida pero no queremos pagar el precio de tu posesión: el dedicar nuestra vida a amar, renunciando a todo lo que no sea amar, en aras de una promesa que no se puede formular matemáticamente.

 Ten piedad de nosotros, Señor. Toca de nuevo nuestro corazón, llámanos con suavidad, envía tu Espíritu e ilumínanos para comprender que eres un Dios razonable, que respetas tus leyes y que actúas por nuestras manos, y que guardas los milagros para los rincones más secretos del espíritu y para algunas ocasiones especiales en las que nos sonríes con amor infinito y con exquisito buen humor.

 Enséñanos a creer con la razón y a conocer con la fe. Enséñanos a amarte. Porque anhelamos tanto el descansar en Ti para siempre...

 

El otro día el Señor se dirigió a mi. Yo estaba arrodillado, mis ojos cerrados y mis manos entrelazadas sobre mi rostro; el permaneció frente a mi, mirándome en silencio y con amor.

Me hizo saber que buscaba a alguien que le dijera "te quiero más que a nadie, y te querré para siempre", como se dicen los enamorados sin pensar.

Me hizo saber que esperaba que una multitud de fieles le aclamasen, 
como se aclama a las estrellas de cine o a los medallistas de los juegos olímpicos.

Me hizo saber que deseaba ver lágrimas en los ojos de quien le adora, como las de los aficionados cuando su equipo de fútbol pierde la final. 

Me hizo saber que anhelaba que se acercasen de todas partes a conocerle y que hiciesen cola, como en los parques de atracciones o en los estrenos de cine.

Mientras era un Dios poderoso y desconocido no pudo esperar tales muestras de afecto. Pero se hizo Hombre, comió, rió, hablo, sufrió y murió por nosotros; se nos mostró resucitado y se quedó como alimento al alcance de cualquier mano.

Dios mío, permite que te ame para siempre quien tantas veces te ha despreciado,

que te aclame como victorioso quien pidió a gritos tu muerte, 

que llore por sus pecados a la luz quien los cometió en la obscuridad, 

que espere anhelante y suspire por recibirte quien se alejó presuroso de ti.

 Amén.

 

A veces parece que Dios no escucha; le ruegas una y otra vez que te libre de la tentación, que te dé fuerzas en la enfermedad, que te permita gozar de los hijos que no llegan, que ponga paz en tu familia, que te envíe trabajo. Tantas y tantas cosas que necesitas y que Dios parece olvidar, o desoir mientras mira fríamente desde la distancia.

¡Pero qué confundido estás! Dios es tu Padre. No perdonó a su Hijo para que tengas vida eterna ¿y luego se va a olvidar de ti o va a observarte desde lejos? ¡No! Dios está junto a ti, desea amorosamente hacer morada en tu espíritu, derramar en tu alma dones que ni siquiera imaginas y colmar tus necesidades y deseos. Y te escucha como si no hubiera nadie más en el mundo, porque te ama y porque tiene el oído más atento y el corazón más sensible de todos los padres.

Pero al orar a Dios debes tener presente dos cosas.

La primera, que Él siempre va a reclamar tu ayuda. Dios no te planta el huerto, te da semillas y te envía la lluvia; Dios no te escribe la novela, te da lápiz y papel y te envía la inspiración; Dios no te parchea el camino comarcal por el que vas, te da un mapa para salgas a la autopista y te llena de gasolina el coche.

La segunda, que "vuestros caminos no son mis caminos", nos dice el Señor. Y es que Él no te ha preparado dones buenos; te ha preparado lo mejor. ¡Ay! Cuán infeliz eres porque esperas lo que no da hartura y te afanas en lo que se pierde pronto y para siempre. Si las bienaventuranzas hablan del Reino que viene, la gloria la consigues en tu calvario presente. Si en el banquete celeste vestirás vestiduras blancas, ahora tienes túnica y sandalias. Has de gloriarte en la cruz de Cristo y al final le presentarás lo que por Él has amado, sufrido y abandonado. Eso es lo que has de pedirle: renegar de tus terrenas apetencias, amar como Él te amó, hacer en todo su voluntad... ¡y el Espíritu Santo! 

Y ten siempre  a María presente en tu oración. Ella es la mediadora de todas las gracias ante Dios. ¡Bendito sea!

 

El pasado ya se fue, y el futuro aún no existe; este es el único momento en el que puedes dar gloria a Dios. ¡Sea bendito por siempre! Ni los ángeles ni los bienaventurados gozan de la oportunidad de aumentar como criaturas la gloria de Dios, sólo los que vivimos aún en este mundo. Porque aquí hay tierra por sembrar, talentos que invertir, peces por capturar con la red. Porque aún no gozas de Dios, porque aún vives en la incertidumbre del que camina, porque tu trabajo te cansa, porque día a día cargas con tu cruz, porque tus lágrimas todavía no se han enjugado, por todo ello aún puedes pronunciar un meritorio "sí", aún puedes verter aceite en tu lámpara antes de que llegue el esposo, aún puedes añadir una nueva llama de caridad al Corazón de Dios que late por ti.

No cambies este momento por ningún otro. Ahora puedes amar a Dios; ahora puedes responder a su llamada, hacer fecunda su gracia y cumplir aquello para lo que has sido creado: ¡aumentar la gloria de Dios! Nada fuera de ti puede hacer infértil este momento, pues la gracia del Señor te basta. Así pues renuncia a ti mismo, coge tu cruz y, contra toda sabiduría humana y con lágrimas si es preciso , di con María "¡hágase en mí según tu Palabra!".

 

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